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    2019-06-12

    El otro paradigma cuyo alcance y magnitud exige atención particular es la deconstrucción y todo el giro lingüístico que la precede, un enfoque en muchos sentidos inverso RG7204 la colonialidad, aunque no en todos. Sus cauces precursores en América Latina podrían partir de figuras como Irlemar Chiampi, Josefina Ludmer, Silviano Santiago, Antonio Cornejo Polar y Ángel Rama, entre otros. De ahí surge una crítica literaria de vanguardia inmersa en la filosofía y el lenguaje de la alta modernidad, todo un acervo que eventualmente sedimenta el trabajo de la deconstrucción que comparte el orden letrado latinoamericano. Lo mismo podría decirse de la literatura en sí, con figuras como las de Borges, Paz, Lezama Lima, entre otras, un cúmulo de gran innovación que en gran medida condiciona el surgimiento de este paradigma, a veces como celebración, a veces como desaprobación, puesto que la relación entre literatura y deconstrucción se vuelve mucho más inquieta después de los ochenta. Obviamente, su eje filosófico más profundo remite a la obra de Jacques Derrida, pero en su fase inicial latinoamericana se destaca también la presencia de Paul de Man y Michel Foucault, como bien se observa en textos fundacionales del campo, entre ellos Mito y Archivo de Roberto González Echevarría y Desencuentros de la Modernidad en América Latina, de Julio Ramos. Hay otros momentos y variantes importantes, entre ellos la obra de Nelly Richard, articulada desde las metrópolis latinoamericanas, un abordaje de las artes y el feminismo en modos altamente originales. Visto en conjunto, se trata de un paradigma que se propuso inicialmente renovar el objeto de estudio de la literatura, dejando atrás la plenitud o presencia del sujeto trascendental en pos de una operación que instaura el exceso y “la aporía” como eje del saber, placer y hasta el deber, toda una ética que preservaba, y a veces exigía, lecturas muy atentas a los matices más creativos de la hechura verbal. Su impacto sobre el campo de estudios literario y cultural no se puede subestimar, sobre todo en la época del énfasis textual, digamos de los sesenta a finales de los ochenta. En ese sentido, sus métodos y presupuestos permiten un contraste esclarecedor con la disposición más inclinada a contenidos históricos de la colonialidad, aunque también comparten paralelos. Actualmente ensayada por investigadores como Alberto Moreiras, Brett Levinson e Idelber Avelar, entre otros, la deconstrucción se desplaza del anclaje literario hacia la teoría política en pos de un análisis más centrado en el Estado latinoamericano y los discursos nacionales que lo sostienen. Con la salvedad de algunos autores, Borges en particular, entiende la tradición literaria —creación y crítica— como una estética compensatoria de identidades criollas que los grandes textos del boom monumentalizaron. Aquí, podría decirse, surge un marco de afinidad con la colonialidad, en dos aspectos que vinculan pero exigen aclaración entre los dos paradigmas: la noción del criollismo, la cual contiene una huella racial inevitable, y la idea de literatura moderna como ideología o conciencia falsa atesorada por esa clase social latinoamericana, cuyo propio anclaje racial nunca queda completamente claro. Resulta aleccionador, en ese sentido, seguirle la pista a Prophage la temática racial que contiene la subalternidad latinoamericana durante las últimas dos décadas, término que parte de un cuestionamiento de las políticas del criollismo letrado desde el siglo xix pero que, finalmente, busca un cuestionamiento más profundo de la modernidad y su anclaje nacional en la era neoliberal. Como vimos anteriormente, la colonialidad reclama este momento para organizar un examen de los vínculos entre la colonia latinoamericana y la modernidad europea partiendo de la historia racial latinoamericana, sobre todo en los países de mayor concentración amerindia. Ése sería el referente preciso de esa subalternidad, una mirada que promete no sólo desmontar discursos de la transculturación en torno a la hibridez y el mestizaje, sino desentrañar de una vez por todas el eje racial que sostiene la modernidad europea desde su inicio. La deconstrucción, por su parte, comparte la sospecha profunda hacia el gesto transculturador que organiza el Estado liberal latinoamericano pero se resiste a concebir la subalternidad, al igual que el análisis más profundo de la modernidad europea, desde referentes históricos definibles como identidades raciales, nacionales o regionales. Su mirada, una vigilancia minuciosa también, responde más al exceso o residuo que toda subjetividad esconde al pretender centralizarse como eje singular de la historia.