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    2019-05-15

    En la condensación del “Borges y yo” se despliega un texto que tanto puede ser considerado perteneciente al orden de la narrativa como al orden del ensayo, e incluso al de la poesía. En palabras de José Miguel Oviedo, “es un cuento que es también un ensayo que es también un poema”. “No sé quién de los dos escribe esta página”, leemos en su última línea: se trata así, en muchos sentidos y dimensiones, de un indecidible, y allí radica una de sus grandezas. Y si atendemos faah inhibitors otro de los aspectos del texto, veremos que el quid de la cuestión consiste en un juego entre el pronombre y el nombre propio: “yo vivo, yo me dejo vivir, para que el otro, Borges, trame su literatura”. Se trata también del sutil paso de una situación de enunciación literaria a una situación de enunciación ficticia, y del doble juego de un nombre de autor que se comporta también como un nombre ficcionalizado. Por lo demás, ¿quién es el que escribe la última línea del texto? ¿Se trata del yo de la experiencia, del que porta el nombre de Borges y por lo tanto es el único que puede firmar el texto, o de un tercero, un tercero que engloba, niega, supera, contradice a los anteriores y nos conduce a un salto en el plano narrativo? El “yo” que enuncia no puede sobrevivir si Borges, el otro, no lo salva del olvido y la desaparición, aun a precio de apoderarse de todo lo que ese “yo” (“esa cosa que soy”) vive, siente, piensa. Sin embargo, quien narra se refiere a Borges en tercera persona, de modo que es difícil que sea éste -puede o no serlo- quien tenga la última palabra. Recordemos una vez más lo dicho por Pastormerlo: “Borges hizo de su relación con la literatura un tema literario”. Pero hay más, en cuanto la inclusión del problema del yo y el de la enunciación nos conducen a un problema del lenguaje. Otro tanto sucede con el despliegue de problemas como el estatuto de la ficción y la experiencia de mundo, ya que todos ellos plantean en última instancia problemas de lenguaje. Recordemos además que una de las lecturas dilectas de Borges fue la obra de Fritz Mauthner, cuyo Diccionario de Filosofía frecuentó. Como comenta Arturo Echevarría: Se abre además, en otra dimensión, un enigma tan propio de la metafísica como de la filosofía del lenguaje, ya que, como anota Borges en un texto dedicado a Swedenborg, “El empleo de cualquier vocablo presupone una experiencia compartida, de la que el vocablo es el símbolo. Si nos hablan del sabor del café, es porque ya lo hemos probado, si nos hablan del color amarillo, es porque ya hemos visto limones, oro, trigo y puestas del sol...”. De este modo, la sola experiencia de un sujeto requiere, para completar su sentido, de su interpretación desde una experiencia compartida: en este caso, la confianza del lector prueba ser tan indispensable para el autor como temible puede resultar su incredulidad. Por otra parte, el final, la desaparición, no pueden ser contados sino por un tercero. Economía perfecta de un texto que se apoya en el difícil equilibrio entre experiencia y sentido para dar un salto estético notable, con el mínimo de datos, de personajes, de peripecias, rematado por el final perfecto de un cuento perfecto.
    Jorge Luis Borges, lector y autor de Tlön Mucho se ha escrito ya sobre “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, cuento publicado en 1941 dentro de la colección El jardín de senderos que se bifurcan y posteriormente integrado a keratinocytes Ficciones (1944), en cuyo “Prólogo” Borges se refiere a dicho relato como una pieza literaria que corresponde a “la escritura de notas sobre libros imaginarios”. Me interesa en mi caso enfatizar hasta qué punto este relato se apoya en el tránsito de umbral entre el texto y las prácticas de sociabilidad literarias, y hasta qué punto evidencia la observación de Pastormerlo en cuanto a que “Borges hizo de su relación con la literatura un tema literario”. Se trata de un relato que se desencadena a partir de un dato inicial, que es la visita de Borges a la biblioteca de su amigo Bioy Casares. Al respecto considero ha sido providencial la publicación hace ya diez años del Borges de Bioy, obra que, a despecho de las muchas curiosidades, inquietudes morbosas y críticas gozosas que despertó, aporta nuevas pruebas al respecto: en esa obra queda puesto en evidencia el diálogo entre ambos amigos-cómplices, y en las escenas que pinta es posible descubrir la omni- presencia de libros, personajes, citas y enciclopedias o referencias al género fantástico y policial, que acompañan a esa constante reiteración de una misma cita a cenar y de un gran diálogo de buenos entendedores entre dos amigos unidos para siempre en la confidencia. El escenario usual de esos encuentros es la casa de Bioy, en un continuo que va del comedor a la biblioteca. Morosas observaciones sobre detalles de edición o traducción, comentarios críticos sobre algún dato o pasaje, reflexiones a partir del cotejo de ediciones, apuntes propios de prólogos o epílogos, resultan así la simbolización de rutinarias desesperaciones aparentes y súbitos consuelos secretos en la literatura. Pero además, bien leído, el Borges de Bioy encierra una complicidad mayor: dos personajes, despojados casi de todo nombre y seña, discuten sus lecturas (se saborea una palabra, un verso o un pasaje en traducción; se discuten las bondades de un autor; se consulta una enciclopedia para confrontar una cita que vive en la memoria) y a la vez pergeñan un nuevo episodio de la literatura.